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¿Minimalismo o mercadeo?

Por: Sofia Arango, 11°


Puente, Robert Ryman

“¡Hasta mi perro podría pintar eso!” Es una frase común en una galería de arte minimalista. Suele suceder que visitando un museo o galería de arte  te encuentres, entre cuadros paisajistas y surrealistas, con un cuadro en blanco que -de paso- cueste más que los otros cuadros combinados. Este tipo de arte se clasifica bajo el movimiento Minimalista. El término Minimalismo fue empleado por primera vez en 1965 por Richard Wilhelm en la revista Art Magazine.


Este movimiento se puede rastrear desde finales del siglo XIX, cuando un grupo de artistas franceses, reconocidos como “Los Incoherentes” buscaron desafiar la tradición artística. Su primera exposición se tituló Una exposición de dibujos por gente que no sabe dibujar, en ella se exhibieron pinturas completamente monocromáticas. Entre las destacadas está Pelea de negros en una cueva por la noche, de Paul Bilhaud la cual era totalmente negra y sin variación. Todos los cuadros eran de este estilo, expresaban una intención de burla de parte de un grupo de jóvenes que, como su nombre los delata “no saben dibujar”.


 Más adelante varios artistas se sumaron a este movimiento, entre ellos Malevich, Bear y Agnes Martin. Ellos mostraron verdadera inclinación y pasión hacia estos cuadros de un solo color, extremadamente neutrales y carentes de actividad. Sus intenciones eran intervenir en la percepción del espacio donde son expuestos, y entre su simpleza tanto el esteta como una persona cotidiana encuentra su propio significado. La monotonía del cuadro deja un espacio libre para la mente. Como parte del arte este movimiento no debe ser marginalizado, dado que las intenciones del arte no son de excluir o proveer un catálogo de lo que sí califica como obra maestra y de lo que no. Sin embargo, el rápido recrudecimiento en la comercialización de estas obras las ha romanizado e inflado con ideas de riqueza y prestigio bajo el ánimo de lucro entre la avaricia de los marchantes.  


Según Iván Duque, profesor de arte del Colegio Bolívar, “Los cuadros minimalistas en su momento tuvieron mucho valor, pero bajo estrategias de marketing se ha perdido su valor real. El precio se ha interpuesto en la obra, siendo lo que le da su prestigio, más que la obra como tal”. En el 2015, la obra Puente de Robert Ryman se vendió por 20.6 millones de dólares en una subasta de Christie’s Nueva York. Se vendió por más del doble estimado. Y uno no puede evitar exclamar, “¡pero si yo también podría pintar eso!”, al tiempo que surge la pregunta:  ¿cómo puede ser posible esta venta?.


Resulta que este tipo de arte contemporánea ha perdido sus raíces y propósitos originales para convertirse en un sinónimo de prestigio dentro del mercado del arte. Un vistazo de esto es cuando un artista entra al mercado, dado que su importancia depende del comerciante a cargo de sus obras. Estas obras se venden, no tanto por su valor artístico, y sí bajo una fórmula de marketing. Para venderlas por sumas millonarias se crea un valor fuerte de mercado y alta demanda. Don Thompson, economista americano, analiza que el tamaño de una obra, el estatus del comprador previsto, el prestigio del comerciante de arte y la reputación del artista son los que definen el precio de las obras. 


Dichos factores entran en juego al dejar el precio oculto en una obra, consecuentemente el comerciante depende de su reputación para hacerla sentir más preciada para el cliente. También se debe crear escasez; por ejemplo, en el 2015 Robert Ryman se limitó a vender solo tres obras, lo que llevó a que  la suma de estas fuera 47 millones de dólares. Básicamente se vende menos arte, por mayores precios. Esto genera un sentimiento de autenticidad e importancia en el cliente. Este mercado artístico de $67.4 billones nos deja con la intranquilidad frente a qué tanto se han perdido los valores artísticos, para dar lugar a que el comerciante gane dinero y el cliente reputación.

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