Acceso a la educación superior en Cali
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Por: María Antonia González y Sabina Mejía

En Cali, donde los jóvenes son una gran parte del paisaje urbano, ir y terminar el bachillerato no siempre significa abrir las puertas a nuevas oportunidades. En distintos barrios de estratos bajos, el acceso a la educación de buena calidad sigue siendo un privilegio difícil de alcanzar. Tres testimonios que pudimos recoger en esta investigación, Nelly, Esmeralda y Rubiela, muestran una realidad constante, siendo que para muchas familias, la urgencia económica es mucho más grande que los sueños académicos.
Esta problemática no es nueva, pero se mantiene vigente y relevante todos los días. Aunque el país cuenta con opciones de programas de formación técnica y tecnológica como el Servicio Nacional de Aprendizaje, miles de jóvenes no logran asociarse a estos programas por distintos motivos. Los límites no sólo son económicos, sino también la presión por generar ingresos económicos inmediatos y las condiciones sociales del ambiente.
Nelly, que vive en el sector Montebello, Cali, resume la situación de su familia en una frase: “Somos cinco hermanos, todos fuimos a bachillerato, pero ninguno fue a la universidad”. Después de graduarse del colegio, ella y sus hermanos se enfrentaron a la misma decisión que muchas de las familias de clase baja: estudiar o trabajar. La respuesta fue casi automática. “Todos salimos a buscar trabajo de una; para nosotros no había muchas opciones aparte de encontrar empleo.”
Lo que cuenta encaja con una tendencia muy notable en comunidades de bajos ingresos, donde la continuidad educativa generalmente se ve interrumpida. Ninguno de sus hermanos fue inicialmente al SENA, ni se fue por el lado de los estudios nocturnos. La prioridad fue el ingreso rápido para ayudar a la familia. Sin embargo, con el paso de los años, dos de ellos lograron ingresar al SENA, una experiencia que transformó su percepción y los ayudó a abrir la mente a otras perspectivas y posibilidades. “Es un sistema bueno con la opción de excelentes oportunidades. Los hijos de mis hermanos sí han estudiado allí y les ha ido muy bien; como familia nos sentimos contentos”.
En el caso de Esmeralda, la secretaria y monitora del Colegio Bolívar cuenta desde su perspectiva el impacto positivo de lograr una formación técnica. Una mamá de un joven que fue al SENA, “mi hijo aprendió mucho y salió bien preparado. Consiguió un muy buen puesto”, dice muy orgullosa. Para ella, este sistema de educación representa una alternativa real frente a la falta de recursos para una carrera universitaria normal.
Para muchos, la educación técnica y tecnológica ha ganado mucho reconocimiento como vía para un futuro de ingreso laboral, aunque la calidad y el acompañamiento institucional no son suficientes en sectores vulnerables. La demanda supera por mucho la oferta, y no todos los que se postulan logran cupo o permanencia.
Por otra parte, Rubiela expone otra dimensión del problema, hay familias, como la de ella, que son forzadas a irse de su lugar de estadía, por razones laborales. Ella habiendo estudiado hasta bachillerato, trabajó bastante tiempo como empleada doméstica antes de tener que irse a Cali a los 25 años. “En mi familia solo mi hermana pudo ir a la universidad, en Bogotá. Los demás tuvimos que trabajar”,y añade, “Tuve que irme a Cali a buscar mejores oportunidades.” Su historia refleja cómo la desigualdad territorial también tiene que ver con el camino educativo.
Esta investigación, basada en entrevistas de personas cercanas son evidencia de patrones comunes. En los tres casos, el bachillerato aparece como una base académica frecuente. La universidad, en cambio, se presenta distante o hasta inalcanzable. Por último, está el SENA que surge como una opción con valor, pero no universalmente accesible ni como una prioridad.
Las autoridades educativas en Cali han impulsado programas para que estas instituciones sean más promovidas y accesibles para el público, pero testimonios señalan que no se llevan a cabo como deberían. La orientación limitada, la desinformación sobre becas y la falta de acompañamiento psicológico y financiero dificultan la transición del colegio a la educación superior en la mayoría de los casos.
En barrios vulnerables de Cali, la promesa de un mejor futuro a través del estudio enfrenta obstáculos estructurales. Mientras algunos jóvenes logran beneficiarse de sistemas como el SENA, otros quedan atrapados en ciclos de empleo desde temprana edad, limitando las posibilidades ofrecidas. La educación, proyectada como motor de desarrollo, no siempre logra cumplir su función equilibrada de poder ayudar.
Las voces de Nelly, Esmeralda y Rubiela se juntan y establecen un punto esencial que es: la formación académica sigue siendo vista como camino hacia una vida más estable. Sin embargo, el espacio entre el deseo y la realidad continúa. Reducir este espacio implica no solo ampliar las medidas de las instituciones, sino fortalecer la información que brindan, el acompañamiento y las condiciones que permitan a los jóvenes estudiar sin renunciar a sus medios de vida.




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